Hace unos días conversaba con una buena amiga que está en un momento clave de reinvención profesional. Tras casi dos décadas en puestos directivos en empresas nacionales, multinacionales y familiares, lleva un tiempo buscando su motivación para esta nueva etapa.

Tras pasar por varios entornos de apoyo a emprendedores y formarse para iniciar un proyecto propio, me planteaba que tiene dos caminos abiertos y que no sabía muy bien por cuál decidirse. Al mismo tiempo, me manifestaba sus dudas porque en ninguno de los dos le parecía encontrar una verdadera motivación, como para que no se convirtieran en algo rutinario de lo que acabara cansándose al poco tiempo.

Como había acudido a mí buscando un poco de ayuda y de consejo, estuve haciéndole algunas preguntas clave (deformación profesional de Coach) y me llamó poderosamente la atención la forma en la que iba contándome ambos proyectos. Desde fuera, en modo observador, es más fácil darse cuenta de estos detalles, así que se lo devolví a modo de feedback.

Aunque ella quería transmitirme que tenía dos opciones, la forma de hablar de uno y otro proyecto dejaba ver claramente que sentía verdadera pasión por uno de los dos, mientras que el otro parecía una reflexión racional, mas que un proyecto realmente motivador.

Propósito

Una vez que fue consciente de que realmente tenía un proyecto favorito y llegados a la parte en que había que desarrollarlo, descubrí en su lenguaje que salía una y otra vez la palabra “negocio”, así que recurrí al planteamiento de Simon Sinek, que ya comenté en este artículo sobre “¿Tenemos clara la Misión de la empresa?”, trasladándolo al plano personal.

Si planteamos un proyecto profesional en el que somos los principales protagonistas, en el que vamos a aportar nuestros conocimientos, nuestros valores y nuestra experiencia como la ventaja competitiva más relevante, necesitamos un “PROPÓSITO”, un “Porqué” o un “Para qué”.

“Si lo planteamos solamente como un negocio, seremos uno más en el mercado. Una propuesta indiferenciada más; y tendremos que competir por atributos y por precio.”

Sin embargo, si nos detenemos a reflexionar para encontrar nuestro “Porqué”, luego podremos darle coherencia con el “Cómo” para finalmente desarrollar los “Qué”, en forma de productos o servicios.

Nuestro propositivo es aquello que nos hace diferentes. Algo intangible que es muy difícil de copiar y de imitar, porque estará basado en nuestra esencia. Con el tiempo y con los cambios que se vayan produciendo en el mercado, podremos ir cambiando los “Qué” para adaptarnos a las nuevas necesidades, pero seguiremos manteniendo nuestro propósito (el Porqué) y nuestros valores (los Cómo) que dan sentido a nuestro proyecto profesional (y a nuestra esencia personal).

Si solamente nos centramos en desarrollar un proyecto con un modelo de negocio nos estaremos dejando la parte más importante de nuestra relación con los demás. En estos momentos de globalización y de automatización, en los que se ha perdido gran parte de la autenticidad, en los que la mayoría de los mensajes que se dan en los entornos de los emprendedores hablan de escalar, de bots, de procesos automatizados y de ingresos pasivos, yo sigo pensando que el contacto directo y cercano con las personas es nuestra mejor forma de ayudar a los demás y de aportar valor.

Así que, si estás pensando en un nuevo proyecto profesional, o quieres replantear el actual, mi consejo es que busques ese propósito lo antes posible.