La mayoría de las situaciones conflictivas que tienen las personas, tanto en su vida personal como en la profesional, son debidas a problemas de comunicación.

Son muchas las ocasiones en que no nos atrevemos a expresar lo que pensamos o no sabemos cómo transmitirlo. 

Tras una situación desagradable con nuestro jefe, o con otra persona que nos está corrigiendo de manera injusta, a menudo nos descubrimos pensando lo que nos hubiera gustado realmente hacer o decir en ese momento. Pero nos llega tarde.

Esto nos genera un sentimiento de frustración, al ver que no hemos sido capaces de defender nuestra postura y que esa brecha en la comunicación, entre lo que pensamos y lo que decimos, se va haciendo más y más grande.

Algunas de estas situaciones nos llevan a incrementar nuestra lista de “Conversaciones Pendientes”, que ya suele ser lo suficientemente grande como para que nuestra vida no alcance un equilibrio emocional adecuado.

No se trata de querer tener razón siempre, sino de ser capaces de expresar nuestras opiniones y transmitir nuestro estado de ánimo en relación a las personas de nuestro entorno y a las cosas que nos pasan.

Uno de los ejes en los que se apoyan los procesos de Coaching es que:

“Lo importante es lo que te pasa a ti con lo que te pasa.”

No está en nuestra mano cambiar lo que hacen o dicen los demás, ni las cosas que nos suceden en la vida. En cambio, sí lo está el decidir como nos sentimos con todo eso. Nuestro estado de ánimo siempre es una elección. Ante las mismas circunstancias una persona puede elegir estar alegre, otra triste y otra enfadada.

Lo que sucede habitualmente es que dejamos nuestros sentimientos en manos de los demás y nos instalamos en el lamento y la queja, que es más cómodo. Son muy comunes frases del tipo:

  • “Esta persona me pone de los nervios”
  • “Esta persona me vuelve loca”
  • “Esta persona me hace enfadar”
  • “Esta persona me amarga el día”

Lo decimos como si no estuviera en nuestra mano elegir nuestra emoción y nuestro estado de ánimo de manera voluntaria en cada momento. Es evidente que las circunstancias nos pueden empujar en una dirección (emocional) concreta, pero nuestra voluntad es la que finalmente decide cómo queremos sentirnos.

Como ya hemos comentado en alguna ocasión, todas las emociones son válidas y cada una tiene una función concreta:

  • Alegría: Mejora nuestra capacidad para solucionar problemas y para ayudar a los demás. Podemos aportar soluciones más creativas a los problemas.
  • Tristeza: Nos invita a la reflexión. Tenemos mayor tendencia a escuchar y nos centramos más en los detalles, valorando otras alternativas.
  • Asco: Nos ayuda a demostrar que no podemos aceptar algo.
  • Ira: Nos lleva a la acción, a luchar contra los errores o las injusticias.
  • Miedo: Prestamos más atención al entorno que nos rodea buscando posibles amenazas, nos mantiene alertas.
  • Sorpresa: Dirige nuestra atención hacia algo nuevo, inesperado o importante. Nos permite aprender.

El objetivo no es estar todo el día alegre. Hay momentos adecuadas para todas las emociones y la clave es no quedarse anclados en una emoción sola, sino ir pasando por cada una de ellas cuando la ocasión lo requiere.

En los procesos de Coaching a veces nos encontramos a personas que se han quedado ancladas en una emoción determinada para con una persona o situación concreta que se repite en su vida. Nuestra labor es acompañarles en un proceso de descubrimiento, que les permita cambiar el tipo de observador que están siendo, y luego elegir si quieren cambiar de emoción.

Una de las mayores causas de estos problemas de comunicación son las expectativas. Y al mismo tiempo son la principal fuente de frustración.

Generamos expectativas y esperamos que el mundo se adapte a ellas. La diferencia  entre el mundo que nos rodea y las expectativas que nos creamos es fuente de mucho sufrimiento.

En las expectativas no hay conversación o la conversación es insuficiente. Hay un exceso de “yo espero”, “yo supongo”, “yo creía que”, “yo había dado por hecho”. 

No se hacen peticiones o se hacen de forma incompleta. En las expectativas hay mucha queja, frustración y también resentimiento.

A menudo tenemos la expectativa de que nuestros amigos, nuestros jefes, nuestros compañeros, nuestros hijos, nuestras parejas, sean perfectas. Sin embargo, ellos nunca nos lo prometieron. 

¿Y si, en vez de pasarnos el día tratando de que cambien para adaptarse a nuestras expectativas, nos esforzamos para aceptarlos tal y cómo son?

Probablemente seríamos mucho más felices.

La herramienta que utilizamos para salir de ese bucle de quejas y lamentos que nos lleva a la frustración, son las peticiones. Cuando mejoramos nuestra capacidad de comunicarnos con los demás, podemos transmitirles cómo nos sentimos ante su manera de hacer o decir ciertas cosas. A continuación, podemos hacer una petición y pedirles un compromiso.

Este camino nos lleva de las Expectativas al Compromiso, por medio de las Peticiones.

Cuando somos capaces de vencer nuestros miedos y nos atrevemos a decirle a la otra persona aquello que pensamos, o a realizar peticiones, nos suele sorprender que su reacción no es ni mucho menos la que nosotros esperábamos. En la mayoría de los casos esas personas no eran conscientes del impacto negativo que sus palabras o sus acciones tenían en nosotros, y están dispuestos a cambiarlos.